Una de la madrugada de ayer, sábado. Punto de verificación de seguridad ciudadana en Sitges (Barcelona). Tres patrullas de la Guardia Civil toman una rotonda y comienzan a dar el alto a varios vehículos. De los coches descienden veteranos y agentes en prácticas, y comienza el trabajo una noche más. La combinación veterano-novel se ve con intensidad desde hace una semana en las provincias de Barcelona y Tarragona, desde que el jueves pasado llegaran 264 guardias civiles en prácticas al territorio catalán para reforzar la seguridad ante la oleada de robos violentos.
Entre el trajín de vehículos, agentes y linternas luminosas aparece Víctor Bejarano, un cordobés de 21 años que hace poco ha salido de la academia, y que ahora se enfrenta a su obligatorio año de prácticas. Va acompañado de uno o dos veteranos, dependiendo el día. Le ha tocado ejercer en la comisaría barcelonesa de Vilanova i la Geltrú, que cubre prácticamente toda la comarca del Garraf; esto es, gran densidad de población, mucho turismo, mucho movimiento -ergo gran tendencia a los hurtos-, y, desde hace unas semanas, mucho control a urbanizaciones y casas pareadas.
«Aquí trabajas todos los palos». «Yo pensaba que esto sería más tranquilo, pero la verdad es que hay bastante trabajo. Lo bueno es que aquí puedes tocar todos los palos», dice Bejarano. Antes estuvo en Jaén y recuerda con una sonrisa que «los detenidos que tuve allí en dos años los he tenido aquí en dos días». El modo de trabajar, dice, también es distinto. «Los controles, de vehículos por ejemplo, son aquí más exhaustivos. De momento, esto es para mí una muy buena experiencia».
Lo sintetiza de otra forma más informal José Miguel Chisbert, madrileño de 21 años, y también en prácticas en esta comisaría. Se sincera: «Yo pensaba que esto iba a ser más coñazo», dice, ante la inquieta y siempre atenta mirada del cabo Juan Francisco Chico -encargado del Área de Prevención de la Delincuencia en la zona-, que enseguida salta a la arena: «Imagino que lo que quiere decir mi compañero -corrige- es que esperaba encontrarse con veteranos de mayor edad, y ha visto que aquí todos somos más jóvenes». El agente en prácticas asiente reconociendo su temeridad, y continúa hablando: «La verdad es que estoy muy contento, aquí aprendemos mucho». Al ser preguntado sobre su ciudad de procedencia, Chisbert responde entre risas. «Mejor que no te cuente todas las coñas que me han hecho por ser guardia civil madrileño haciendo prácticas en Cataluña».
¿Y el catalán? Los noveles hablan únicamente de pequeños obstáculos, pero nada insalvable. «Hay cosas que no entiendo -dice Israel, de 28 años y de un pueblo de Sevilla- pero en cuatro días ya he aprendido a decir “bon dia” y un vocabulario básico. Al principio me volvía loco al buscar en la guía la calle del “carrer de tal” y la del “carrer de cual” , sin saber que “carrer” ya significa “calle” de por sí, y claro, lo de “carrer” salía en todas partes pero no me coincidía nada. Pero ahora ya está todo controlado», dice entre risas.
Las bromas se cortan en seco cuando, sobre las 1:30 horas, desde la central se alerta de una pelea en la zona de Roquetes de Sant Pere de Ribes. Dos patrullas se marchan a cubrir el servicio, el punto de verificación se disuelve, y casi al mismo tiempo se avisa de que una mujer de la zona de Pueblo Viejo de Sitges cree que alguien está intentando entrar en su domicilio.
La patrulla del cabo Chico e Israel se dirige al lugar. Aparcan, salen del coche y vuelven al coche en diez minutos. El cabo Chico explica que «una mujer mayor nos había llamado porque le estaban tocando al timbre de forma muy insistente, y ha pensado que, por ser la hora que era, no era una gamberrada sino alguien que intentaba entrar, o saber si había alguien dentro, pero no ha pasado nada, hemos inspeccionado y no había nadie alrededor». Mientras la patrulla vuelve a arrancar, por la radio se avisa que en Roquetas la pelea ya se había resuelto antes de que llegaran los efectivos. «Empate a cero», sentencia Israel.
La noche sigue y el patrullaje continúa. «Cada servicio es de entre siete y ocho horas, aunque también puede durar más si la cosa se complica», dice el cabo. La ronda continúa por las urbanizaciones, en concreto por La Levantina, también en Sitges. «Nos fijamos en si vemos a personas de apariencia o actitud extraña, y les pedimos que se identifiquen», dice el cabo. «Es lo mismo que aconsejamos a los vecinos: que estén siempre alerta, que controlen las caras o los coches que no les son conocidos; que tengan cuidado si alguien viene a verderles algo a casa».
Dice no haber sentido mayor presión desde altos mandos para desarticular estas bandas. «No tenemos más presión, pero como ahora tenemos más efectivos, se nos exigirán más. Pero no por haber más robos, sino porque hay más personal. Siempre trabajamos con igual dedicación». Y sobre los vecinos, «sí es cierto que dicen estar asustados, pero les tranquiliza mucho nuestra presencia -continúa-. Por eso cualquier actuación es importante, cualquier alarma que se dispara implica un riesgo, aunque luego veamos que haya sido el viento, o un gato, como nos pasó la otra noche», dice mirando a Israel, que asiente.
Horas más tarde, la central avisa de que unos desconocidos estaban intentando entrar en un chalé en obras de una urbanización de la población de Olivelles. «Han intentado entrar pensando que no había nadie pero han huido cuando los dueños se han despertado y han comenzado a gritar», explica el cabo. «Afortunadamente no ha pasado nada que lamentar».
Cuando termina el patrullaje, a altas horas de la madrugada, y ya con más calma, esta profesional le pregunta al cabo Chico qué hará cuando los Mossos d’Esquadra asuman las competencias en el Garraf. «Nosotros no nos iremos. Tendremos menos efectivos pero estaremos más especializados en materia de puertos, aeropuertos, aduanas, asuntos fiscales y de contrabando, entre otros, que seguirán siendo nuestras». Se hace un silencio, y prosigue: «No lo sé. Pero la verdad es que se está muy bien aquí».
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